Jóvenes en Red

Rural Hackers: una fuente abierta de desarrollo tecnológico y cultural

Cultura y tecnología pueden parecer ingredientes de recetas distintas en la dinamización rural, pero los jóvenes gestores y desarrolladores de Rural Hackers llevan cuatro años mezclándolos desde Anceu y Ventín, dos pequeñas aldeas gallegas. Y el aluvión de proyectos desarrollados, junto con los efectos logrados en las comunidades rurales que los reciben, son reveladores de lo bien que pueden combinar. Si a estas sinergias unen, además, una vocación internacionalista y unos desarrollos en código abierto (open source), para que cualquier entorno rural pueda adoptar, sin coste, el conocimiento que están generando, estamos ante un enfoque realmente transformador, con un importante potencial de cambio.

Anceu, aldea de Pontecaldeas (Pontevedra) con poco más de 100 habitantes y un fuerte legado indiano, es el epicentro de un seísmo de proyectos llamado Rural Hackers: tres apasionados de la tecnología y el arte, y de sus posibilidades en el cambio social, que después de acumular experiencias en proyectos tecnológicos internacionales decidieron “regresar con la convicción de aplicar lo aprendido”. Hablamos con Ignacio Márquez, Nacho, uno de los tres motores de este “movimiento” junto a África Rodríguez y Agustín Jamardo.

“Imaginamos la tecnología, las artes y la creatividad como tornados. Pueden traer cambios intensos a las zonas rurales y ayudar a construir nuevos ecosistemas” escriben en su web. Canalizarlas a través de proyectos de impacto social, programación y coworking para que generen emprendimientos de calado real, más allá de la foto, es la clave. ¿Con qué tipologías trabajan? Las fronteras no son estancas. Esquemáticamente, un bloque importante lo componen proyectos digitales: desarrollos pensados para dar soluciones de gestión a problemas en una comunidad rural, pero ―y esto es fundamental― realizados en código abierto, sin algoritmos de caja negra, para ser hackeados y adaptados por otras comunidades. Otro serían las residencias creativas: estancias de uno a tres meses para que los residentes puedan generar prototipos tecnológicos experimentales o realizar intervenciones artísticas. Y otro, los diferentes encuentros desarrollados en sus espacios de Anceu y Ventín (Pondevedra).

El campamento base de toda esta actividad es el Coliving de Anceu, un espacio con capacidad para unas 20 personas que acoge la mayoría de las residencias. Las más ‘artísticas’ están alimentadas por el contacto del residente con la gente de Anceu ―”conectan con la cultura local de manera muy rápida”, dice Nacho―. Así fueron, p.ej., las estancias de la ilustradora belga Cam Stass o la artista textil alemana Lotte Van Ermengem, financiadas gracias a un acuerdo de Rural Hackers con el instituto Goethe.

Otras tienen un pie en cada orilla, como la realizada por el desarrollador Anís, experto en IA, junto al artista pontevedrés Cuco y la cineasta Julia Casal, en la que Anís y Cuco colaboraron para llevar la IA al terreno del arte: “Se ha creado la pesadilla de que la IA nos va a dejar sin curro”, explica Nacho. “Pero nuestra perspectiva aquí fue: ¿cómo luchar contra esa narrativa y devolver las herramientas al artista?”. Así, Anís entrena a la IA Stable Diffusion con miles de imágenes vectorizadas del arte de Cuco, la ‘enseña a dibujar’ como Cuco, y luego devuelve a Cuco ese material ajeno, pero inspirado por él, como referencia para nuevas ideas. Al final se ubicaron juntas dos obras, una de Cuco y otra de la IA, y se hizo una proyección del estupendo documental de Julia Casal en la casa del pueblo, seguido de un debate sobre el alcance de la IA con toda la comunidad de la aldea. […]

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Javier del Peral / Fotografía: Rural Hackers